¡Cuidado con una nueva adicción!

smartphoneLas nuevas tecnologías son excelentes, pero hay que tener en cuenta que algo concebido para facilitarnos la vida también puede complicárnosla

La escena se puede vivir en cualquier calle de cualquier lugar. Adolescentes que andan aparentemente en grupos, pero todos tienen colocados audífonos y cada quien escucha su propia música. Una joven que cruza la calle inmersa en la pantalla de su teléfono sin preocuparse por el tránsito ni de cuánto la rodean. En un parque se aprecia una multitud que habla, pero no entre sí, sino cada quien  concentrado en su dispositivo móvil. En una consulta médica, mientras se espera, varias personas ocupan su tiempo jugando con sus teléfonos… Todos estos eran, hasta hace algunos años, espacios de socialización y de pronto se han convertido en sitios de soledad acompañada.

Y es que el desarrollo de las Tecnologías de la información y la comunicación (TICs) y su rápida expansión y la indudable efectividad de su empleo hacen que cada vez podamos prescindir menos de ellas, y lejos de eso vayamos creando una dependencia nociva.

Las tecnologías no son adictivas per se, pero ante factores de riesgo como baja autoestima, timidez, poca capacidad de socializar, inseguridad, depresión… se convierten en refugio ideal

En toda esta novedad, los más vulnerables son los adolescentes y los y las jóvenes. Ellos y ellas han nacido en la era digital y por lo tanto crecer rodeados de todo tipo de dispositivos naturaliza su existencia. Es una generación que encuentra que el terreno virtual tiene tanta realidad como las relaciones presenciales. Sin embargo esta situación puede ser riesgosa.

En la etapa adolescente tener un teléfono móvil es como un acto de iniciación. Según  un informe de la organización Savethe Children titulado La tecnología en la preadolescencia y adolescencia: usos, riesgos y propuestas desde los y las protagonistas plantea: «Desde la mirada de niños, niñas y adolescentes, la persona que posee un móvil tiene una herramienta que le ofrece entidad propia, libertad, autonomía, estatus, intimidad…».

Una vez más las personas adultas de casa deben tener ojo avizor con los síntomas que denoten un uso excesivo de estos aparatos, así como ante el desenvolvimiento social de chicos y chicas, sobre todo si tenemos en cuenta que la edad en la que se adquiere el primer móvil cada vez es más temprana y que el fenómeno de las redes sociales, aunque tiene una supuesta edad para iniciarse en su uso, es muy fácil de vulnerar.

El hecho de estar la mayor parte del tiempo con toda concentración en un dispositivo (teléfono, tableta, iphod, computadora, videojuego…), incluso en horarios que deben estar dedicados a otras actividades, como el estudio o el sueño, sentir que el celular es una extensión de sus manos y no concebir la idea de salir de casa sin el móvil (nomofobia) son señales a tener en cuenta.

En otros casos muchachas y muchachos adoptan la costumbre de estar constantemente inspeccionando si han recibido algún mensaje. Lo primero que hacen por la mañana es revisar el móvil y en eso pasan el día, repitiendo la operación, hasta que llega la hora de acostarse. Algunos prefieren comunicarse mediante mensajes o llamadas perdidas antes que hablar cara a cara.

Con la extensión de las zonas wifi en toda la isla ha surgido un nuevo paseo que también se vuelve repetitivo: ir a conectarse. Como toda novedad, las visitas a esos lugares resultan placenteras en la primera fase, pero hay que cuidar que no se conviertan en conductas descontroladas, que conlleven a crear estados de ansiedad cuando no se pueden realizar.

Vivir pendientes de los mensajes de correo electrónico, de conectarse al messenger o de actualizar los perfiles en Facebook  de manera obsesiva es peligroso. Las y los jóvenes se conectan a lugares lejanos mientras se distancian de su entorno más cercano. Además, las relaciones virtuales pueden propiciar una realidad falseada, pues en ocasiones suelen mostrar una imagen artificial de sí mismos (lo cual puede ser un escape para problemas de autoestima), o decirse a través de una pantalla aquello que no se atreven a plantear personalmente, y eso incrementa la timidez.

Otro asunto, que no es nuevo, es el referido a los videojuegos. Hasta hace poco se criticaba el uso de la televisión como niñera, pero ahora a eso se le suman otros aparatos, incluso más fáciles de llevar a cualquier parte, pero que tienen el mismo efecto tranquilizador e hipnotizante.

Los videojuegos tienen una parte lúdica y otra educativa, ya que estimulan la coordinación visomotora, el razonamiento deductivo y mejora el abstracto, estimulan la memoria a corto y largo plazo, así como la atención y el autocontrol. Pero como todo entretenimiento tiene que ser puntual y controlado por un adulto y su tiempo debe ser ajustado.

¿Sonrisa, guiño o emotico?

Muchos padres y madres no son conscientes de que sus hijos/as están «enganchados». La engañosa tranquilidad y control de tenerlos entretenidos y concentrados no les permite razonar  que refugiarse en las tecnologías puede traer consigo la falta de amigos/as, la soledad, la tendencia al aislamiento, la ruptura de las relaciones sociales, la desmotivación y el fracaso escolar, e incluso actitudes agresivas y hostiles hasta con los propios miembros de la familia.

Nunca una relación virtual va a resultar más cálida y placentera que el encuentro persona a persona. Por más expresivas que sean las graciosas figuritas que nos brinda el lenguaje digital, nunca serán tan cordiales como el contacto directo con quienes queremos y admiramos. El ser humano como ente social necesita del contacto con sus iguales, de ahí que desarrollar la capacidad de relacionarnos deviene fundamento de la propia vida.

Permitir que nuestros hijos e hijas vivan absortos en las tecnologías, obsesionados con la idea de tener lo último y lo que mejores prestaciones tenga, no beneficia el desarrollo de sus relaciones sociales y la vinculación directa con su realidad.

Hay que hablar del tema y hacerles comprender que existen otras actividades gratificantes;  advertirles sobre los peligros, establecer los límites, estimular otros tipos de entretenimientos y, por supuesto, dar el ejemplo.

No es posible que el deseo de lo nuevo nos haga involucionar a la postura del homo sapiens al mantenernos encorvados ante una pantalla. Prevenir este tipo de actitudes es la clave.

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